Menos prisa, más presencia: el arte de liderar con compasión


por Aarón A. Maldonado Rodríguez

Cómo sería el día, si elijo ver la vida desde la amabilidad, la empatía y la compasión.

Todo es consciencia. No hay errores en el universo. Estás sostenido. La vida te habla en susurros, algunas veces los escuchas, otros los ignoras, y en muchos otros ni siquiera los escuchas con tanto bullicio y actividad mental. Sin embargo a veces escuchas. Sientes.
En una mañana cualquiera, mientras esperas el café o revisas el correo, algo dentro de ti recuerda que la prisa y el ajetreo perenne no es el camino. Que hay otra manera de navegar tu mañana, más amable, más presente, más real, sin sentir culpa ni activar justificaciones. Esa voz interior que hoy te permitiste escuchar no exige, invita. Te dice con suavidad: acepta. Acepta sin juicio lo que piensas, lo que sientes, lo que eres. Porque la aceptación, lejos de ser resignación, es el inicio de toda transformación. No se trata de resignarte, sino de mirar detrás de ese susurro, un silencio interior, que te invita a ver con curiosidad, honestidad y sin juicio aquello que Es. Llega el café, alzas tu mirada del computador. Te abstraes de tu contexto y entorno. En ese simple gesto de reconocer y aceptar esa experiencia que estás teniendo, tu cuerpo se relaja, tu mente se aquieta y por un instante tus prioridades comienzan a ordenarse.

Días después, te encuentras observando a alguien que te irrita. Lejos de engancharte en los pensamientos de juicios, mientras guardas silencio, te preguntas por qué te afecta tanto ver o escuchar a esta persona. Entonces recuerdas que se parece a alguien que conociste en el pasado, que hizo o dijo algo que te irritó, no una sino muchas veces. Ahí tomas consciencia de que lo que ves en el otro no es otra cosa que una proyección. Cada gesto, cada reacción, te muestra una parte de ti mismo, un recuerdo o una creencia, que la vida – en ese preciso instante – te invita a revisitar. Descubres que tus relaciones no son casuales, que no ha sido un error haber estado ahí y que esa persona llegara justo en ese instante, y que las relaciones son espejos o maestros que te revelan aquello que sin ellos no pudieras reconocer en ti y estás listo para comprenderlo. Y así, en lugar de culpar o quejarte por la presencia de aquel personaje, lo agradeces. Porque cada situación, cada desencuentro y cada conflicto te ofrece la oportunidad de conocerte mejor.

En medio de una jornada llena de pendientes y obligaciones, en donde quisieras que el día tuviera 28 horas, sientes que la mente acelera y lejos de colaborar, sabotea. Ahí recuerdas la respiración, ese recurso gratuito que te reconecta con tu cuerpo y te devuelve al aquí y al ahora. Tomas una pausa, inhalas profundo por tu nariz, cuentas cuatro, y luego exhalas pausadamente llevando tu atención a tu respiración. Por un instante, tu mente se aquieta, y pareciera que el tiempo se detiene. El bullicio mental se aquieta y te descubres percibiendo algo que siempre estuvo ahí: la serenidad de ese silencio que se siente cuando la mente se acalla. Esa breve pausa libera tu ansiedad, transforma tu energía y cambia radicalmente el momento. Descubres que un minuto de respiración y de regresar a tu estado de centro puede cambiar no solo el momento, sino el día entero.

Con el tiempo, empiezas a reconocer que tu bienestar emocional está relacionado a algo más profundo que simplemente no te perturbe algo o alguien fuera de tu mundo interior: la coherencia. Cuando piensas una cosa, sientes otra y haces una tercera, sientes una incomodidad y una resistencia que empiezas a identificar físicamente. Te sientes presionado, más pesado, menos en paz. Cambia tu energía. Sin embargo, cuando lo que sientes, piensas, dices y haces se encuentran en alineación, pierdes el temor al qué dirán o a las consecuencias de no agradar, y emerge una sensación de paz inequívoca. Ser coherente no significa ser perfecto ni imprudente, sino auténtico. Es un compromiso de no ignorarte, respetarte y priorizarte, simplemente tomando una pausa y regresando a ti antes de reaccionar, complacer o estar en piloto automático. Y en ese ejercicio de regreso constante a tu centro, descubres vitalidad, convicción y propósito.

Te permites integrar y aceptar el poder de hacer esas pausas conscientes. Antes de responder un mensaje o tomar una decisión, te tomas una pausa y simplemente respiras tres veces buscando dirigir tu atención fuera de tu mente, y estar presente. No como parte de un ritual espiritual, sino porque reconoces por tu experiencia que en esa pausa se abre un espacio de sabiduría y asertividad a la cual recurres cada vez con mayor frecuencia. Es como si el alma, la vida, el universo o como quieras llamarlo te susurrara la respuesta adecuada y quieres guardar silencio para escucharla. Esa simple práctica te ha evitado muchos conflictos y te recuerda que la prisa y la reactividad rara vez han sido un acto de amor propio.

Empiezas a observar tu diálogo interior y a cuidar las palabras que usas contigo. Notas cómo tu mente inconsciente todo lo escucha y todo lo registra. A pesar de no comprenderlo científicamente, te sorprendes al descubrir el efecto que ha tenido en ti y en tu vida tu diálogo interior. Las veces que te has repetido que no puedes o no mereces o es imposible, el cuerpo se tensa y se siente pesado; si te dices que confías, se libera una resistencia y algo dentro se siente expandido. Empiezas a corregir y ajustar tu lenguaje interior, y te permites hablarte como lo harías con un niño o niña inocente por quien sintieras amor: sin juicio, sin burlas, con ternura y paciencia, con amabilidad. Y poco a poco, esa voz crítica y severa que antes te acompañaba se transforma en una voz amorosa, compasiva y empática.

Llega un momento en tu día en que te das cuenta de que son mucho más las cosas que no puedes controlar que las que sí puedes. Que la necesidad de tenerlo todo bajo control es solo perfeccionismo y miedo disfrazado. Así que te permites soltar la resistencia a fluir, respiras y confías. Comprendes que soltar y confiar son decisiones poderosas. Que la vida misma se organiza mejor cuando interfieres menos y confías más. Y que soltar no significa perder, ni mucho menos resignarse, sino permitir y abrir espacio para que lo nuevo llegue.

En los grupos de trabajo, descubres que liderar desde la empatía tiene un poder que se siente y reconoce físicamente. Escuchar a otros sin juzgar, ni esperar convencer, sino comprender sus emociones sin absorberlas ni querer resolverles la vida a nadie, fomenta apertura y confianza. Concluyes que un verdadero líder no se impone ni ejerce su autoridad, acompaña y orienta. Que la empatía no es debilidad, es una forma elevada y poderosa del ejercicio de tu inteligencia emocional. Cada vez que eliges escuchar antes que responder, elevas la energía del equipo y ocurren sinergias con impactos inimaginables. Y sin darte cuenta, inspiras a otros a hacer lo mismo y la creatividad, la solución de problemas fluye y se siente.

Con esa nueva mirada más presente también aprendes a dejar el juicio. Empiezas a ver que cada persona interpreta y se comporta desde su propio nivel de consciencia. Comprenderlo te libera de la carga de querer cambiar a los demás. Observas sin juicio y sientes el cuerpo más ligero, porque dejas de dirigir tu atención y consumir energía en resistir o querer cambiar lo que es. Y en ese momento, nace una compasión silenciosa que reconoces parte de tu esencia. No es forzada, ni fingida. No necesitas justificar ni perdonar, simplemente comprendes.

Un buen día decides ser totalmente tú. Sin máscaras, postura ni agenda, sin pretender encajar o ser aceptado. Descubres que la autenticidad no es salto al vacío o una imprudencia, sino poder. Cuando te permites ser auténtico, atraes personas y circunstancias que resuenan contigo y poco a poco sueltas y se aleja aquello que ya no resuena contigo. Ya no necesitas la aprobación de todos ni de nadie, porque te sostienes en la vida que se expresa a través de tu verdad. La autenticidad se convierte en una forma de libertad interior, una energía que te sostiene, te guía e inspira sin esfuerzo.

Reconoces y experimentas que la gratitud tiene un poder subestimado en el mundo. Empiezas a agradecer lo pequeño: el ángulo del sol en un mediodía de otoño, el olor del café, la brisa fresca que mueve las hojas de los árboles que han caído al piso, una mirada amable de un extraño, una conversación sincera. Y algo, y a la vez todo, cambia. La gratitud no solo te invita a vivir en el presente, también aumenta tu frecuencia vibracional elevando tu energía. Donde antes veías carencia, ahora ves abundancia. Donde había tristeza y dolor, aparece ahora significado y propósito. La gratitud se vuelve un puente entre lo que eres y lo que anhelas ser.

Entonces comprendes que la amabilidad no es un gesto social, sino una frecuencia vibracional. Cada vez que eliges no juzgar y ser amable, elevas tu energía y la de quienes te rodean. La amabilidad es una transformación silenciosa que empieza en lo cotidiano: en la forma en que miras, piensas, hablas o respondes. Reconoces que cuando eres amable, estás más presente y te sientes más consciente, más humano. Y comprendes que no hay desperdicio en la creación, ni error en el universo, y que no hay acto pequeño cuando nace del corazón.

Con el paso del tiempo, lejos de aprender sin esfuerzo, reconoces que estás en el camino del desasimiento de lo que habías aprendido, y todo aquello lo integras cada vez con menos resistencia y sin esfuerzo. Ya no son situaciones anecdóticas y ejercicios separados, sino una forma de ser y navegar amorosa en este mundo. Te descubres viviendo observando más lo que piensas y sientes, sin juicio y con más calma, más claridad, más coherencia. No porque la vida sea más fácil, sino porque tú estás más presente. Tu relación contigo se ha transformado. Has aprendido a habitarte con empatía y a ofrecer esa misma empatía a los demás.

Y en ese espacio de ecuanimidad y sabiduría, recuerdas algo fundamental: la compasión, la empatía y la amabilidad no son virtudes nuevas que debas aprender. Son tu naturaleza original, la que habías olvidado entre el ruido y la prisa. Te has permitido recordarlas, para regresar a casa. Porque cuando te tratas con bondad, todo a tu alrededor cambia. Tu presencia se vuelve más liviana, tu mirada más clara, tu corazón más abierto.

La vida sigue teniendo desafíos y retos, pero ya no los confrontas, reacciones, evades o huyes a ellos. Ahora los afrontas desde la presencia. Te tomas una pausa, respiras, aceptas, actúas desde la coherencia sin miedo a las consecuencias. Y cada día, con tus gestos, pausas y silencios, recuerdas que la verdadera transformación empieza dentro: en la forma desde donde eliges pensar, sentir y amar. Ese es el poder de la consciencia que eres. Ese es el poder de la amabilidad, el cual puedes elegir recordar ahora.


Toma una pausa, respira, acepta y fluye con tu sentir.


Referencias bibliográficas:

  • Hawkins, D. R. (2021). Realidad, espiritualidad y el hombre moderno. Barcelona: El Grano de Mostaza Ediciones.
  • Hawkins, D. R. (2018). Verdad frente a falsedad. Barcelona: El Grano de Mostaza Ediciones.
  • Tolle, E. (1999). El poder del ahora. Madrid: Gaia Ediciones.
  • Schucman, H. (1976). Un Curso de Milagros. Foundation for Inner Peace.
  • Lorenzo, H. (2004). La práctica de la presencia de Dios. Barcelona: Ediciones Obelisco.
  • Kabat-Zinn, J. (1994). Wherever You Go, There You Are: Mindfulness Meditation in Everyday Life. New York: Hyperion.
  • Maldonado Rodríguez, A. A. (2025). Elévate: Transforma tu realidad cambiando tu percepción. Instituto de Empresa, Madrid.
en_US

Contact us

¿Tienes preguntas?

Nos pondremos en contacto contigo a la mayor brevedad posible.